El viaje inicial

Todo partió ahí.

Viajábamos hacia Puerto Cisnes una tarde silente y lluviosa de tiempo suspendido. Tanto barro y tanta tierra levantada nos hacían ver este territorio con una bruma de solemnidad que nunca olvidaré. Recuerdo que íbamos callados, sin música en el auto, yo sentía que debíamos ir en puntillas, como pidiendo permiso. Las cascadas, las nubes, el río, la casa escondida entre los árboles, y sobre todo el cielo, atestiguaban como guardianes de una vestal sagrada la revelación que se me vino tan clara e inequívoca: estaba lista para ser madre y no iba a poder volver a vivir jamás con el corazón tranquilo en medio de la selva hostil de la ciudad.

Siempre he dicho que cuando me muera, deben incinerarme y tirar mis cenizas a algún río que llegue al mar. Un deseo de sembrar libertad en una muerte en viaje, siempre en viaje, siempre en movimiento, se ha encarnado en mi corazón desde que me puse a estudiar la muerte como un umbral -arquitectónico y espiritual- en mi último año de universidad. Ese día decidí que mis cenizas debían arrojarse allí. -Esa es tu misión- le dije a Tomás, y me lo imaginé a él con nuestros hijos viajando desde no sé dónde a llevar las cenizas de la mamá a este lugar sagrado.

Sí, tenemos un trato. Él va a morir después que yo.

La imagen quedó tan grabada en mi corazón que al llegar a Viña partí a comprar un lienzo – mi primer lienzo-, y esta pintura fue como un vómito, una corriente de la consciencia, un pensar con las manos que no paró hasta que el cuadro se terminó. A los tres días de terminado el cuadro, supe que estaba embarazada. Energía creativa pura. Ahí entendí que gestar es como sumergirse dentro de un volcán que quema, erupciona, amolda, transforma, expande y fusiona. Entonces vi a mis muertos, a mi Abuela (con mayúscula), y vi la muerte otra vez como portal a la vida, una vida en espiral, que es la vida como vida misma. Una concatenación de linajes, de úteros matrioshka, de besos y amores que traspasan dimensiones.

De cómo a fin de cuentas en Puerto Cisnes me vi como parte de un todo, atemporal y al mismo tiempo presente. Como parte entera con todo lo que es.

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