El amor pasamontañas

Yo tenía 5 años y creo que había visto ya demasiadas veces la Bella Durmiente. Presionaba REW incesantemente, a pesar de la advertencia terrible de mis padres, la cinta se va a romper, no vas a poder ver más la película, yo nunca les creí, una y otra vez la escena de Aurora cantando por el bosque con los pajaritos, ella canta, los pájaros responden, “eres tú el príncipe azul que yo soñé”, y de repente el príncipe Felipe.

Una mañana de kinder, en medio de un arenero que para mi yo de entonces era un mar inmenso y lleno de posibilidades, me encontré un tesoro: un pote de margarina. Ciertamente era un tesoro, escaseaban los moldes y toda clase de elementos que permitieran construir un reino de tres dimensiones en tan vasta extensión. No podía creer que tuviera tanta suerte. La imagen que tengo es que lo encontré en uno de esos momentos de juego solitario, semi enterrado, de hecho me da la impresión que todos ya había entrado a la sala y yo me había quedado rezagada, recuerdo algo así como un microinfarto y un silencio, miedo de no deber estar ahí.

Después del silencio, Cristóbal Arellano. Amaba su nombre y apellido, lo recuerdo con nombre y apellido. CristóbalArellano todo junto. Apareció de sorpresa cual príncipe Felipe, y al ver lo que tenía en mis manos me dijo que se lo entregara. Que si se lo entregaba él me invitaría a jugar a su casa.

Se lo entregué altiro.

Horas después de ese mismo día al almuerzo, sentada en el puesto de siempre, en la casa de mi Abuela que en ese entonces era mi casa y mi puesto, mi silla y mi plato, sonó el teléfono, fuerte y claro desde el living. Otro microinfarto en el corazón. ¿Sería posible que fuera él? ¿Que cumpliera su promesa? Escuché unos murmullos en la llamada, no lo puedo creer, no sé si es cierto, se me hiela y explota el corazón al mismo tiempo, me quiero esconder debajo de la mesa de los puros nervios. En eso, mi mamá aparece por la puerta de la cocina y me dice que llama la mamá del CristóbalArellano para invitarme a su casa y que si quiero ir. Bueno. Voy. Cumplió la promesa.

“Tan triste oyendo al cínico Horacio que quiere un amor pasaporte, amor pasamontañas, amor llave, amor revólver, amor que le dé los mil ojos de Argos, la ubicuidad, el silencio desde donde la música es posible, la raíz desde donde se podría empezar a tejer una lengua.”

Rayuela, Julio Cortázar

Me parece que crecí siempre buscando a un otro que cumpliera la promesa, pensaba que de verdad el amor llave era ese. 12 años después, encerrada en mi pieza adolescente, pensé que el amor llave era el de Horacio y la Maga, donde la vida urde lo necesario para desencontrarlos, y todo es profundo, y herido, de andar sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. No obstante, el CristóbalArellanismo persistía; crecí pensando que siempre debía entregar algo, que el amor estaba condicionado a eso que entregas y sacrificas para que te inviten a jugar a su casa.

Mal.

Cuando me di cuenta que la Maga no era musa, que finalmente Horacio era el muso de sí mismo y que la Maga sólo era el sexo, el misterio, lo indescifrable, y que al fin y al cabo yo también había sido la Maga de unos cuántos Horacios, intercambiando potecitos de margarina a cambio de convertirme en ave de paso, como diría mi amiga M., quedé “epaté”.

Entonces, después de eso, me reconocí en el espejo como quien le doy los mil ojos de Argos a mi propia existencia, encontré el silencio desde donde la música es posible en mis propios viajes astrales, y la raíz desde donde se podría empezar a tejer una lengua la visualicé en mi útero, en mi ser cíclica, en mi andar enraizado, abierto, genuino.

El amor pasamontañanas estaba como un fuego chiquitito, esperando en el centro de mis aguas, y poco a poco comenzó a tomar forma, a colorearse, a bailar un ritmo.

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