Parte Uno: la ventana develada

No sé desde cuándo están ahí. Al principio había sólo una persiana cerrada, nuestra lámpara de la cocina que centelleaba sin parar desde el ocaso hasta el alba, una luz blanca insoportable que los enceguecía y no los dejaba dormir. Descubrí recién esa noche, luego que Raúl arreglara el foco tras cuatro años de negligencia, que allí viven más personas, y que ellos no son quienes yo creí que eran. 

Hay dos viejas, opuestas y sonrientes, la primera parece el gato de Alicia en el País de las Maravillas, me saluda con sus dientes a través de la ventana, la segunda viste siempre la misma ropa, aparece y desaparece por una puerta que conduce a un cubículo extrañísimo que ellas debieron construir con sus propias manos en una semana de cuarentena, quizás en abril, en esos días que escuchábamos a los putos perros ladrar y llorar sin parar; hay un padre y una madre que no puedo imaginármelos como padre y madre de nadie, son vacíos, nunca miran para el frente; vive allí también el hijo adolescente que viste el uniforme del colegio al que fuimos nosotros cuando niños, y que desde el otoño de ese año lo veo en silencio todoslosdíasalassietetreintaaeme ponerse los audífonos y prepararse el desayuno que le dejan las viejas; y una guagua, que ahora es una niña, a la que sólo se le ve la cabeza cuando se asoma tras la pandereta al subir y bajar el columpio que malamente colgaron las viejas en una viga del sombrío estacionamiento.

No podía parar de pensar y conjeturar, ¿quiénes son las viejas? ¿son sus abuelas, unas tías? ¿son empleadas puertas adentro que quedaron para siempre atrapadas en la casa tras la pandemia? 

Estas preguntas comenzaron a obsesionarme desde esa noche, me taladraban el cerebro y no me dejaban dormir. Cuando conseguía dormir sólo soñaba con las viejas, e incluso a veces soñaba que me ponía senil y la viejagato eran la encargada de cuidarme. En mis sueños, odiaba a Raúl por confiar en ellas y trataba de explicarle que me liberara porque yo ya sabía quiénes eran, pero nadie me creía porque la otra vieja emitía un certificado que me declaraba interdicta y todos me tenían lástima, incluido Raúl. Me arrepiento con el alma de aquel impulso de extender virtualmente los límites de mi casa encuarentenada, pues al subir las persianas no pude dar pie atrás y me horroricé al ver lo que vi.

Lo único que observo claramente desde mi ventana es su cocina. Apenas distingo más arriba algunas ventanas, un nogal, un auto blanco del año 91 y la ropa tendida. Adivino apenas cada vez que abren la puerta cómo será la distribución de la primera planta, sólo veo un pilar y una escalera, me imagino que habrán dormitorios, un baño, un living. Arriba sólo se ven algunas luces tras el follaje, no se logra distinguir a quién pertenecen las habitaciones ni cuáles son sus horarios de siesta. Paradójicamente, lo único que ven ellos de mi casa también es la cocina, por eso me preocupo de mantener siempre la puerta cerrada, así no pueden sospechar qué es lo que hacemos ni cómo caminamos aquí adentro.

Una parte de mí sabe que todo lo que pasó es culpa de Raúl y a fin de cuentas de mí misma, porque  nadie puede vivir con normalidad con esa luz blanca titilando toda la noche. La luz maldita que terminó convirtiéndose en el simulacro de la luna que ellos no ven nunca, enloqueciendo a las viejas y transformándolas en lo que vi yo esa noche, sin descanso en nocturna agonía.

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