Manifiesto del Volver a Mí

Este texto me cuesta con el alma porque está lleno de contradicciones, me enfrenta con las expectativas que tengo sobre mí misma en diversos ámbitos de mi vida, y es muy literal en relación a algo que me está pasando respecto a una manifestación del ser femenino que me llama a ser transformado.

Una de las expresiones que me ha resultado más fáciles del ser mamífera es la lactancia –mi hija cuelga de mí como frutita caída de mi cuerpo escondida tras las flores de esta imagen-. La teta es nuestro cable a tierra, el nanai supremo e instantáneo que calma todos los dolores e incertidumbres. Es nuestro lugar más íntimo y deseado. Para las dos es un rinconcito redondo, seguro, calientito y alegre; la teta da consuelo, concilia el sueño, abriga y quita la sed. Nos hemos aferrado a ella con uñas y dientes, y la he defendido contra viento y marea por más de 21 meses.

Sin embargo, desde hace unas semanas me siento verdaderamente cansada. Tan cansada que caí a la cama con un dolor de cuerpo tan antiguo que ni una cura de sueño quitaba (pcr en mano no era covid adiosgracias). Me permití estar enferma y vinieron a mí todas las verdades; me observé y caí en la cuenta que me estaba debatiendo entre la madre abnegada, que se inmola y todo lo aguanta, y la mujer que quiere su vida y su cuerpo de vuelta. Me ví de repente corriendo a toda velocidad y transpirando, pero sin poder avanzar porque una banda elástica me retenía y me cansaba el doble. Así, me encontré batallando entre la madre que respeta con paciencia y entrega los procesos de su hija, y la mujer que quiere su cuerpo de vuelta –como territorio- y su soberanía.

Luego de lo liberador que resultó darme cuenta y decidir que estaba lista para comenzar el viaje del destete, que, por cierto, es un acto profundamente amoroso y compasivo conmigo misma, caí en que también le estoy abriendo un camino de entendimiento a mi hija; pongo límites cuando el acto de dar no lo siento gozoso y placentero, y le permito traspasar la frontera únicamente si es que le doy consentimiento. Desaprendo -por mí y por todas mis compañeras- que decir que NO implica dejar de amar y dejar de ser amada; decir que no me empodera y me expande.

Me doy cuenta que uno sólo puede verdaderamente dar en equilibrio aquello que sobra, en tanto si entrego algo de lo que carezco o poseo de manera insuficiente, empiezo a sobreexigirme y debilitarme; el dar se transforma en un quitar, y poco a poco me debilito hasta caer catatónica, como si un camión me hubiera atropellado y tuviera que seguir corriendo la maratón de nunca acabar.

No obstante lo anterior…del dicho al hecho hay mucho trecho. Me puedo llenar la boca y el cuerpo de mantras, convencerme y concientizar, pero la vida me lleva de regreso y me obliga a soltar el control una y otra vez: Mientras me doy cuenta que es momento de replegarme y volver a mí, me terremoteo al sentir su desconcierto cuando le digo que la teta está cansada; mientras veo que mi hija se va nutriendo del mundo y se refugia en las otras personas que ama, me pregunto cómo hacer para construir desde otro lugar nuestro amor infinito; mientras cuento mentalmente cuántas horas llevo sin darle teta de día (porque la noche es un desafío para otro año), me culpo y me castigo por caer rendida a su súplica de tomar teta como ha estado acostumbrada desde el primer día que la parí a esta vida…

Entonces,

Vuelvo
quiero creer que estoy volviendo,
vuelvo a ser mi dueña, a mi ritmo,
sigo el oleaje, danzo con él, voy y vuelvo
vuelvo atrás con mi cuerpo compartido,
con mi cuerpo soberano, con el cuerpo que decido
si es con gozo lo decido, si hay disfrute vuelvo, si hay disfrute doy

Dibujo mis límites y mi cuarto propio
me doy con voz y con mi canto
vivo desde mi verdad y el corazón honesto,
desde allí pariendo nuevos rumbos

Me voy pariendo a mí misma y soy una con las otras, las de antes
vuelvo a mí pero sin ser más la otra,
soy la madre, la matriz,
soy origen, soy cobijo,
entonces voy y vuelvo,
materno y me materno

Vuelvo, quiero creer que estoy volviendo,
más liviana, con la mirada despejada,
vuelvo con mi NO, vuelvo con mi SÍ
soy flexible y coherente,
voy y vuelvo,
voy y vuelvo,
voy y vuelvo…



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Parte Uno: la ventana develada

No sé desde cuándo están ahí. Al principio había sólo una persiana cerrada, nuestra lámpara de la cocina que centelleaba sin parar desde el ocaso hasta el alba, una luz blanca insoportable que los enceguecía y no los dejaba dormir. Descubrí recién esa noche, luego que Raúl arreglara el foco tras cuatro años de negligencia, que allí viven más personas, y que ellos no son quienes yo creí que eran. 

Hay dos viejas, opuestas y sonrientes, la primera parece el gato de Alicia en el País de las Maravillas, me saluda con sus dientes a través de la ventana, la segunda viste siempre la misma ropa, aparece y desaparece por una puerta que conduce a un cubículo extrañísimo que ellas debieron construir con sus propias manos en una semana de cuarentena, quizás en abril, en esos días que escuchábamos a los putos perros ladrar y llorar sin parar; hay un padre y una madre que no puedo imaginármelos como padre y madre de nadie, son vacíos, nunca miran para el frente; vive allí también el hijo adolescente que viste el uniforme del colegio al que fuimos nosotros cuando niños, y que desde el otoño de ese año lo veo en silencio todoslosdíasalassietetreintaaeme ponerse los audífonos y prepararse el desayuno que le dejan las viejas; y una guagua, que ahora es una niña, a la que sólo se le ve la cabeza cuando se asoma tras la pandereta al subir y bajar el columpio que malamente colgaron las viejas en una viga del sombrío estacionamiento.

No podía parar de pensar y conjeturar, ¿quiénes son las viejas? ¿son sus abuelas, unas tías? ¿son empleadas puertas adentro que quedaron para siempre atrapadas en la casa tras la pandemia? 

Estas preguntas comenzaron a obsesionarme desde esa noche, me taladraban el cerebro y no me dejaban dormir. Cuando conseguía dormir sólo soñaba con las viejas, e incluso a veces soñaba que me ponía senil y la viejagato eran la encargada de cuidarme. En mis sueños, odiaba a Raúl por confiar en ellas y trataba de explicarle que me liberara porque yo ya sabía quiénes eran, pero nadie me creía porque la otra vieja emitía un certificado que me declaraba interdicta y todos me tenían lástima, incluido Raúl. Me arrepiento con el alma de aquel impulso de extender virtualmente los límites de mi casa encuarentenada, pues al subir las persianas no pude dar pie atrás y me horroricé al ver lo que vi.

Lo único que observo claramente desde mi ventana es su cocina. Apenas distingo más arriba algunas ventanas, un nogal, un auto blanco del año 91 y la ropa tendida. Adivino apenas cada vez que abren la puerta cómo será la distribución de la primera planta, sólo veo un pilar y una escalera, me imagino que habrán dormitorios, un baño, un living. Arriba sólo se ven algunas luces tras el follaje, no se logra distinguir a quién pertenecen las habitaciones ni cuáles son sus horarios de siesta. Paradójicamente, lo único que ven ellos de mi casa también es la cocina, por eso me preocupo de mantener siempre la puerta cerrada, así no pueden sospechar qué es lo que hacemos ni cómo caminamos aquí adentro.

Una parte de mí sabe que todo lo que pasó es culpa de Raúl y a fin de cuentas de mí misma, porque  nadie puede vivir con normalidad con esa luz blanca titilando toda la noche. La luz maldita que terminó convirtiéndose en el simulacro de la luna que ellos no ven nunca, enloqueciendo a las viejas y transformándolas en lo que vi yo esa noche, sin descanso en nocturna agonía.

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El amor pasamontañas

Yo tenía 5 años y creo que había visto ya demasiadas veces la Bella Durmiente. Presionaba REW incesantemente, a pesar de la advertencia terrible de mis padres, la cinta se va a romper, no vas a poder ver más la película, yo nunca les creí, una y otra vez la escena de Aurora cantando por el bosque con los pajaritos, ella canta, los pájaros responden, “eres tú el príncipe azul que yo soñé”, y de repente el príncipe Felipe.

Una mañana de kinder, en medio de un arenero que para mi yo de entonces era un mar inmenso y lleno de posibilidades, me encontré un tesoro: un pote de margarina. Ciertamente era un tesoro, escaseaban los moldes y toda clase de elementos que permitieran construir un reino de tres dimensiones en tan vasta extensión. No podía creer que tuviera tanta suerte. La imagen que tengo es que lo encontré en uno de esos momentos de juego solitario, semi enterrado, de hecho me da la impresión que todos ya había entrado a la sala y yo me había quedado rezagada, recuerdo algo así como un microinfarto y un silencio, miedo de no deber estar ahí.

Después del silencio, Cristóbal Arellano. Amaba su nombre y apellido, lo recuerdo con nombre y apellido. CristóbalArellano todo junto. Apareció de sorpresa cual príncipe Felipe, y al ver lo que tenía en mis manos me dijo que se lo entregara. Que si se lo entregaba él me invitaría a jugar a su casa.

Se lo entregué altiro.

Horas después de ese mismo día al almuerzo, sentada en el puesto de siempre, en la casa de mi Abuela que en ese entonces era mi casa y mi puesto, mi silla y mi plato, sonó el teléfono, fuerte y claro desde el living. Otro microinfarto en el corazón. ¿Sería posible que fuera él? ¿Que cumpliera su promesa? Escuché unos murmullos en la llamada, no lo puedo creer, no sé si es cierto, se me hiela y explota el corazón al mismo tiempo, me quiero esconder debajo de la mesa de los puros nervios. En eso, mi mamá aparece por la puerta de la cocina y me dice que llama la mamá del CristóbalArellano para invitarme a su casa y que si quiero ir. Bueno. Voy. Cumplió la promesa.

“Tan triste oyendo al cínico Horacio que quiere un amor pasaporte, amor pasamontañas, amor llave, amor revólver, amor que le dé los mil ojos de Argos, la ubicuidad, el silencio desde donde la música es posible, la raíz desde donde se podría empezar a tejer una lengua.”

Rayuela, Julio Cortázar

Me parece que crecí siempre buscando a un otro que cumpliera la promesa, pensaba que de verdad el amor llave era ese. 12 años después, encerrada en mi pieza adolescente, pensé que el amor llave era el de Horacio y la Maga, donde la vida urde lo necesario para desencontrarlos, y todo es profundo, y herido, de andar sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. No obstante, el CristóbalArellanismo persistía; crecí pensando que siempre debía entregar algo, que el amor estaba condicionado a eso que entregas y sacrificas para que te inviten a jugar a su casa.

Mal.

Cuando me di cuenta que la Maga no era musa, que finalmente Horacio era el muso de sí mismo y que la Maga sólo era el sexo, el misterio, lo indescifrable, y que al fin y al cabo yo también había sido la Maga de unos cuántos Horacios, intercambiando potecitos de margarina a cambio de convertirme en ave de paso, como diría mi amiga M., quedé “epaté”.

Entonces, después de eso, me reconocí en el espejo como quien le doy los mil ojos de Argos a mi propia existencia, encontré el silencio desde donde la música es posible en mis propios viajes astrales, y la raíz desde donde se podría empezar a tejer una lengua la visualicé en mi útero, en mi ser cíclica, en mi andar enraizado, abierto, genuino.

El amor pasamontañanas estaba como un fuego chiquitito, esperando en el centro de mis aguas, y poco a poco comenzó a tomar forma, a colorearse, a bailar un ritmo.

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El viaje inicial

Todo partió ahí.

Viajábamos hacia Puerto Cisnes una tarde silente y lluviosa de tiempo suspendido. Tanto barro y tanta tierra levantada nos hacían ver este territorio con una bruma de solemnidad que nunca olvidaré. Recuerdo que íbamos callados, sin música en el auto, yo sentía que debíamos ir en puntillas, como pidiendo permiso. Las cascadas, las nubes, el río, la casa escondida entre los árboles, y sobre todo el cielo, atestiguaban como guardianes de una vestal sagrada la revelación que se me vino tan clara e inequívoca: estaba lista para ser madre y no iba a poder volver a vivir jamás con el corazón tranquilo en medio de la selva hostil de la ciudad.

Siempre he dicho que cuando me muera, deben incinerarme y tirar mis cenizas a algún río que llegue al mar. Un deseo de sembrar libertad en una muerte en viaje, siempre en viaje, siempre en movimiento, se ha encarnado en mi corazón desde que me puse a estudiar la muerte como un umbral -arquitectónico y espiritual- en mi último año de universidad. Ese día decidí que mis cenizas debían arrojarse allí. -Esa es tu misión- le dije a Tomás, y me lo imaginé a él con nuestros hijos viajando desde no sé dónde a llevar las cenizas de la mamá a este lugar sagrado.

Sí, tenemos un trato. Él va a morir después que yo.

La imagen quedó tan grabada en mi corazón que al llegar a Viña partí a comprar un lienzo – mi primer lienzo-, y esta pintura fue como un vómito, una corriente de la consciencia, un pensar con las manos que no paró hasta que el cuadro se terminó. A los tres días de terminado el cuadro, supe que estaba embarazada. Energía creativa pura. Ahí entendí que gestar es como sumergirse dentro de un volcán que quema, erupciona, amolda, transforma, expande y fusiona. Entonces vi a mis muertos, a mi Abuela (con mayúscula), y vi la muerte otra vez como portal a la vida, una vida en espiral, que es la vida como vida misma. Una concatenación de linajes, de úteros matrioshka, de besos y amores que traspasan dimensiones.

De cómo a fin de cuentas en Puerto Cisnes me vi como parte de un todo, atemporal y al mismo tiempo presente. Como parte entera con todo lo que es.

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